Cuentos con Magia

El lago y la montaña

En aquel entonces todo era un interminable prado. No había prácticamente nada…, más que un lago, que lo era todo.

Una mañana una sombra se empezó a perfilar en el agua. A mediodía ya era una mancha con tonalidades. Al atardecer no había más que un impreciso dibujo de varias montañas. Con la caída del sol la imagen desapareció.

Esa noche, un viento helado, un viento misterioso, como los que bajan de las altas cordilleras, empezó a susurrar por el prado donde se encontraba el lago. Sus mágicas aguas parecían un hervidero de deseos encontrados.

A la mañana siguiente, la figura de varias cumbres se dibujaba en las ya tranquilas aguas. El prado había dejado paso al valle. Ya no había un sol abrasador, sino una sombra fresca sobre la orilla oriental.

Días después, la sombra de una figura humana, empezó a perfilarse en el agua.

Esta historia no termina aquí, pero el final es un final oculto, escondido, como estas letras…

Pasó el tiempo y el Hombre, que había cuidado del Lago durante años, empezó a sentir el peso de la soledad. Pasaba largas horas paseando por su orilla, mirando su centro o explorando las montañas cuyos pasos conocía como la palma de sus manos. Después de su llegada habían aparecido peces, plantas, animales, pero nada le llegaba  a satisfacer del todo.

Finalmente, el Lago comprendió todo lo que había pedido. Su exigencia había sido grande, y debía enmendarse. Ese mismo atardecer, una figura femenina empezó a dibujarse en las profundas aguas.

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